Rickie Lee Jones: voz, guitarra acústica, piano y percusión
John Kirby: teclados, piano y guitarras
Joey Maramba: contrabajo eléctrico
Imelda May: voz y bodhrán
Darrel Higham: guitarra
Steve Rushton: batería
Al Gare: contrabajo y bajo eléctrico
Dave Priseman: trompeta, fiscorno y percusión
En un concierto doble de féminas, no raramente parece que suceda algo diferente a si el cartel lo hubiesen formado nombres masculinos. La comparativa inmediata es: la pose en pos de la experiencia, en segunda apreciación: la tendencia se impone a la intemporalidad y por último: la predisposición del espectador será la que marque diferencia.
Rickie Lee Jones, americana de 55 años con doce álbumes de estudio, regresa a lo básico de la canción de autor. Composiciones balsámicas en primera persona -como ella misma apunta y de hecho se aprecia-, concierto en trío con instrumentación mínima y detalles para degustar sin prisa alguna. Como si estuviesen tocando en el terreno de casa campestre que en su web ella misma fotografía. Lo de la voz es un misterio, qué tre décadas después de su primer éxito ‘Chuck E’s in love’ siga sonando prácticamente igual de limpia, cándida y habilidosa para desconcertar del agudo al grave en una misma estrofa, debe ser cuestión de serenidad interior más que del devenir vital de una señora aguerrida.
Casi todo el concierto de lo pasó Lee Jones guitarra en mano, sin aparentar importarle cantar al micro y de vez en cuando acordándose de menear la tobillera de cascabeles o cualquiera de los análogos dispersos por encima del piano –efectivamente, al más puro estilo hippie- pero cuando se sienta frente a este último instrumento se transforma en la narradora de historias al más puro estilo.
Imelda May, irlandesa de 35 años con dos trabajos a su nombre (el primero con el de pila), es por revival una de las sensaciones del momento. Ciertamente, ceñida en un vestido estampado llamativamente con rosas y sobre sus 12 centímetros de tacón rojo, parece toda una lolita. El tupé rubio y la cola de caballo morena, delatan su estética teddy girl propia de una buena amante al rocanrol y su potente voz de garganta le ha valido para acompañar como corista a estrellas internacionales de primera línea.
Desde el homónimo ‘Love tatoo’ -primer trallazo rockabilly de la noche- el público más aparentemente aficionado a la estética de los años 50, fue apelotonándose en los flancos del escenario y puertas de acceso para dejarse bailar ante la energía que desprende en directo Imelda y su banda de sonido low-fi, encabezada por su marido Darril Higham. En la sensual ‘Big ban handsome man’ cuesta creer que no se enorgullezca este efectivo guitarrista o en la balada negra ‘Knock 123’ que alguien no caiga rendido. La potentísima ‘Watcha gonna do y el no menos ‘Johny got a boom boom’ –golpeando orgullosa el bodhrán- sirvieron para poner punto y final a su repertorio.
Para el bis nos reservó las versiones del ‘Tainted love’, ‘Rollin’ and tumblin’ y una del Rey de rock –no podía ser menos-. Ambas chicas, anoche demostraros que hay estilos que no pasarán de moda, todo lo contrario.
© m. tébar almansa, en Murcia a 21 de noviembre de 2009















